Encendiendo hogueras en la noche oscura (o sobre la construcción de resistencias bajo el orden psiquiátrico)

Esta sociedad desquicia a la gente, y cada día lo hace más. He aquí nuestro punto de partida. No parece descabellado afirmar que en los entornos en los que vivimos, quien no experimenta algún problema relacionado con la salud mental (de distinta índole, que pueden ir desde una depresión puntual a una psicosis, pasando por todo tipo de idas de pinza, como se las suele llamar), muy probablemente tendrá cerca a alguien que está sufriendo psíquicamente. El malestar y las patologías mentales crecen de forma exponencial. El consumo de psicofármacos se ha generalizado hasta el punto de que se toma por normal el hecho de que niños, adultos y ancianos ingieran cotidianamente sustancias químicas para adaptarse a las exigencias y la urgencia de este mundo.

Sobrevivimos, unos con más suerte, otros con menos. Algunos incluso nos volvemos locos. La existencia del ser humano ha sido reducida a una competición adaptativa, a un baile de imágenes en el que ya nadie sabe quién es quién. Esta sociedad que nos desquicia sólo conoce una lógica y es la mercantil: producimos mercancías y somos producidos por ellas. La necesidad lucrativa degrada la vida, y en última instancia, la liquida. En España, las estadísticas arrojan una media de nueve suicidios diarios. Si las libertades que son consustanciales al hombre han sido desplazadas por la necesidad de acumular bienes y el reconocimiento una vez que se los ha obtenido, si la felicidad se cifra en la cantidad de materia poseída y el amor, el afecto, la creatividad o la inteligencia se reducen a las imágenes grotescas con las que la publicidad nos golpea a cada instante… ¿resulta tan difícil comprender que en un contexto así de hostil las cabezas lleguen a romperse? Y sin embargo, el orden social ha sabido cubrirse las espaldas, pues haciéndonos vivir una guerra en la que aquellos que mandan tratan como mierda a los que obedecen y quienes están abajo se tratan como mierda entre sí, quien cae es considerado culpable. De su propia debilidad y de su propia naturaleza. Esta operación de estigmatización y limpieza es llevada a cabo por la psiquiatría. Una disciplina que a estas alturas de la historia no quiere saber nada de diferencias sociales, de vivencias personales o de relaciones familiares. Se limita a dictar sentencias y apela al organismo de cada individuo para exculpar a la sociedad del dolor que provoca. Lo más curioso es que sus pretendidas bases biológicas siguen siendo casi tan endebles como cuando dio sus primeros pasos. Decimos que «dicta» precisamente porque es incapaz de emitir un diagnóstico basado en pruebas objetivas, de laboratorio. Y si los psiquiatras no son capaces de especificar nuestras dolencias, sus fármacos tampoco pueden curarnos. Es decir, son incapaces de reestablecer una salud que, en efecto, ha sido perdida. Esta es la razón por la que ustedes, queridos lectores, no conocerán a nadie que haya sido «curado» con drogas psiquiátricas, y esta es también la razón por la que dichas drogas tienen unos efectos secundarios tan devastadores que quienes las tomamos solemos dejarlas con frecuencia.

De manera que aquí estamos. Los psiquiatras afirman rotundos que para la mayor parte de las patologías mentales que nos asignan no hay recuperación posible, y que la manera de alcanzar cierta «calidad de vida» pasa por medicarse. Y a menudo no queda otra y lo hacemos, sabedores de que podemos paliar algunos síntomas, pero que la causa del dolor queda intacta y debemos ir a buscarla. Por eso decimos que estamos en lucha, porque entendemos que la autonomía es salud y no queda otra que pelearla. Las salidas que nos ofrecen los agentes de esta sociedad están tapiadas y dejarnos tratar como un problema de orden público no es sino atentar contra lo que somos y, sobre todo, contra lo que podemos ser. Denunciar las injusticias de un sistema que provoca la locura es a todas luces una necesidad, pero inmersos en una situación en la que las condiciones de vida se degradan a un ritmo vertiginoso (y con el contexto económico actual, más todavía), creemos que la principal exigencia debe ser la de construir estrategias que nos permitan no sólo resistir los envites de este mundo, sino reflejar de alguna manera todo aquello a lo que aspiramos.

Nadie va a venir a salvarnos, así que estamos aprendiendo a encontrarnos en mitad de la oscuridad, prendemos fuegos y nos reconocemos entre iguales al calor de las llamas. Quienes más saben sobre la locura, la medicación o el estigma social son quienes viven con todo ello. Hablamos en asambleas horizontales, sin jerarquías. Compartimos experiencias, miedos y anhelos. Nos formamos y ponemos en común cada conocimiento que pueda sernos útil. Tratamos de organizar y socializar cuanto aprendemos y vivimos. Buscamos la libertad —en la más radical de sus acepciones— porque sabemos que es en la práctica donde coinciden el cambio de las circunstancias que vivimos y el cambio en nuestras cabezas. Sabemos de los riesgos y consecuencias de esta apuesta, e intentamos que el miedo no nos paralice ni nos haga sentir culpables. Esa es la verdadera enfermedad que atraviesa esta sociedad, la que mantiene a los hombres paralizados, anclados a simulacros y certezas que en verdad les son ajenos, mermando toda autonomía e impidiendo cualquier experiencia de una identidad, y por tanto, de una salud real. Tenemos la voluntad de vivir una vida en la que nadie mande y nadie obedezca, lo que supone salir de uno mismo y abrirse a los demás, lo que supone en definitiva otra manera de estar en el mundo, pero con la intención precisamente de echarlo a pique.

Psiquiatrizados en Lucha · Grupo de Apoyo Mutuo de Madrid

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