Posibles actuaciones de apoyo frente al sufrimiento psíquico, por Yolanda Nievas y Josep Alfons Arnau

Cada día, en la batalla,  pensamos en ti.

Vamos a seguir en la exposición previa que haremos; antes de que ustedes planteen «casos», es decir, situaciones con la aparición de algún problema de relación humana; un esquema bastante clásico: plantearemos con qué modelo teórico trabajamos, modelo que recibe el nombre de terapia breve estratégica (aunque también tiene otros nombres como el de terapia centrada en el problema), después intentaremos responder, con ejemplos de nuestra actividad de asesoramientos, a una pregunta que en nuestro oficio nunca hay que dejarse de hacer: ¿quién necesita a lxs terapeutas o/y asesorxs? E intentaremos aportar elementos de con qué criterios buscarlxs, para acabar la introducción con una concisa exposición de algunas de las técnicas de las que hacemos uso.

I) Marco teórico.

Yolanda: La terapia breve estratégica aparece, esencialmente, gracias a las aportaciones de la orientación sistémica, la epistemología constructivista y el trabajo clínico del psiquiatra e hipnólogo M. H. Erickson.

La perspectiva sistémica se gestó en la década de los 50-60 del recién finalizado siglo XX, en EEUU. La línea dominante en esa década era el neopsicoanálisis, y terapeutas como E.Fromm, Sullivan, Horney… ya ponían el énfasis en el origen psicosocial de los conflictos psíquicos como, por ejemplo, ciertas estructuras familiares. Así pues, se convenía que algunas formas culturales intervenían en la formación de las llamadas enfermedades mentales, y que estudiando el entorno se podía comprender mejor la patología, es decir, ésta tenía un sentido en relación al entorno donde se desarrollaba.

A partir de los años 60 se dejaría de lado el psicoanálisis y predominarían los planteamientos de la teoría de la comunicación. Cabe decir que estoy explicando cómo surgió el modelo sistémico, por nuestra parte el psicoanálisis de Sigmund Freud sigue siendo un modelo del que aprender, aunque no, para nosotros, como terapia, pues en esa faceta no lo utilizamos, sino como forma comprensiva.

Continuando con mi explicación de la aparición de los modelos sistémicos, lxs precursorxs de una nueva forma de investigar en psicología serían, entre otrxs, investigadorxs de las ciencias sociales que utilizaban como método de estudio la cibernética (Heinz von Foerster), donde se estudiaban los fenómenos naturales desde la interacción de sus componentes y no desde el estudio de los componentes por separado, y las investigaciones del antropólogo G. Bateson  sobre la comunicación en familias con algún miembro diagnosticado de esquizofrenia, investigación que observaba el contexto interpersonal de la persona afectada, preguntándose en qué tipo de relación comunicativa tenía sentido e incluso era la única reacción posible el tipo de comportamiento llamado esquizofrénico.

A partir de estas investigaciones G. Bateson planteó su teoría del doble vínculo, uno de los primeros constructos utilizados en base  al estudio de sistemas relacionales, que explica la esquizofrenia como un intento límite para adaptarse a un sistema familiar o de comunidad de vida con estilos comunicativos incongruentes.

Con estas influencias y otras previas o/y simultáneas, entre las que cabe destacar la antipsiquiatría, se empieza a desplazar la atención del estudio del síntoma, como intrínseco al individuo, por el estudio de las relaciones sociales disfuncionales. Se despatologiza a la persona y se trabaja a partir de un campo más amplio: las interacciones humanas, necesarias e ineludibles para cualquier  persona.

Van, entonces, surgiendo escuelas centradas en este paradigma, el sistémico, interesadas en acercarse a los diversos tipos de relaciones disfuncionales desde el siguiente presupuesto: lo patológico no es el individuo en sí con una psique enferma, sino ciertas relaciones que se establecen entre las personas (familiares, sociales…).

En EEUU aparece la escuela interaccional del M.R.I. (P. Watzlawick, R. Fish, J. H. Weakland), la escuela estructural-estratégica (Haley), y en Europa surgen núcleos como la escuela de Milán (Mara Selvini-Palazzoli), y se refuerzan otros ya existentes como la antipsiquiatría (R.D. Laing, D. Cooper, en Inglaterra, F. Basaglia en Italia, E. González Duro, G. Rendueles, R. García … en España). Al respecto de la antipsiquiatría, cabe destacar no sólo su cariz sistémico sino también su compromiso con los derechos de lxs llamadxs pacientes mentales y en general su valentía al situarse en una posición de denuncia de las desigualdades y el autoritarismo, considerando que las sociedades clasistas y autoritarias son matrices de patología.

En el mismo momento en el que se enfoca el estudio de las enfermedades mentales desde la perspectiva sistémica, se retoma el constructivismo (Kant, Fichte, Sehelling, Nietzsche,B.Rusell…) en una nueva versión de esta corriente filosófica  que pondrá el acento en señalar que cuanto sabemos y creemos es fruto del lenguaje con que comprendemos y trasmitimos nuestras percepciones (una posición parecida, aunque alejada en otros terrenos, a la que desarrolló Lacán desde el psicoanálisis) y que, sobre una misma realidad, pueden darse diferentes puntos de vista, todos ellos igualmente validos en el terreno de la cognición, pero unos más funcionales y saludables que otros en relación, por ejemplo, a si producen sufrimiento.

Se plantea pues, que, al hablar, vamos creando la realidad junto con nuestros interlocutores. Así es como, sobre la base de nuestra biografía, creamos y modificamos nuestra identidad, que retocamos permanentemente en virtud del contexto, de las circunstancias de nuestra interacción y de las características y expectativas de nuestro interlocutor. Los ya citados P. Watzlawick y G. Bateson, así como  Maturana y M. White, fueron algunos de los promotores de esta visión del ser humano, aunque de procedencia muy antigua, ya Epícteto, al inicio de nuestra era, decía: “lo que en verdad nos espanta y nos desalienta no son los acontecimientos exteriores por sí mismos, sino la manera en que pensamos acerca de ellos”. En resumen: se retoma el constructivismo, que en tanto que tal plantea en esencia que hay un yo activo que construye la realidad, en interacción con ésta y con lxs otrxs, ahondando en esta ocasión en  que  tal construcción de la realidad el ser humano la realiza a través fundamentalmente de la comunicación y su instrumento el lenguaje, sea éste el verbal, el gestual, el sintomático…

Algunas de las preguntas que aparecen con la influencia constructivista son del siguiente tipo: ¿Cuáles son las percepciones que la persona tiene de su problema? ¿Qué opinión tiene de aquello que le ha pasado o le está pasando que le impide poder buscar una solución adecuada a las dificultades que tiene que afrontar? ¿Cuáles son las experiencias de la persona que le provocan los síntomas?

La última influencia importante en la orientación estratégica es la del ya citado hipnoterapeuta M. H. Erickson (1901-1980). Erickson nunca formalizó un modelo de terapia pero su práctica clínica fue una enseñanza incalculable. Aportando técnicas orientadas al cambio, propuso un tipo de hipnosis, sin trance profundo y entendida como un estilo comunicativo más que como un cambio de estado de conciencia, que promovía, a través de un lenguaje esencialmente indirecto (metafórico) adaptado a cada persona y de prescripciones de comportamiento diarias, la eliminación de los síntomas de manera rápida y eficaz.

A partir de estas premisas aparece la escuela M.R.I. de Palo Alto (California) fundada por Don D. Jackson en 1963 y donde colaboraron desde el ya citado G. Bateson, hasta el mismo M. H. Erickson, así como un grupo de terapeutas, ya también nombrados: P. Watzlawick, R. Fish, J. H. Weakland,… que estudiaron las relaciones patológicas, disfuncionales, y que se preguntaron cómo ayudar a solucionar de manera efectiva problemas humanos persistentes.

Su objetivo consistía  en comprobar qué era lo que se podía conseguir durante un periodo de tiempo limitado -10 sesiones- concentrando la atención en el principal desarreglo que presentaba la persona, utilizando todas las técnicas orientadas al cambio que conociesen o pudiesen tomar prestadas de otrxs y buscando el cambio de la manera menos sufriente posible.

Su experiencia clínica les llevó a formular la idea de que eran, en gran medida, las “soluciones” intentadas por la persona o su entorno las que ayudaban a mantener o hasta exacerbar el problema persistente. Consideraban la aparición y el mantenimiento de los problemas persistentes como un círculo vicioso en el que las bienintencionadas conductas de “solución” otorgaban continuidad al problema, por lo tanto, el bloqueo de tales conductas serviría para interrumpir el ciclo e iniciar la solución del problema.

Los puntos básicos en los que se basaría la terapia breve estratégica del M.R.I. son:

-Centrarse en el presente, en comprender muy bien el problema y cómo se mantiene éste en la actualidad.

-Las soluciones intentadas sin éxito, tanto de la persona como de su entorno, suelen mantener el problema. Por lo tanto, focalizarse en ellas y bloquear estas soluciones implicará obtener importantes mejoras.

-Proponer formas diferentes de enfocar y pensar sobre el problema: reestructuraciones.

-Proponer tareas, en muchas ocasiones indirectas, paradójicas, humorísticas, absurdas… que provoquen cambios a corto plazo como inicio de nuevas situaciones para que tales cambios se conviertan en duraderos.

A partir de entonces empiezan a surgir modalidades de intervención, bastante singulares y eficaces, ante diversos problemas humanos basadas en estas ideas de base. La escuela se expande y llega a traspasar el océano, con la aparición de terapeutas que, a su vez, siguen verificando la eficacia de esos métodos, como, por ejemplo, la escuela de terapia breve en Italia de G. Nardone.

En efecto, todos estos desarrollos teóricos y sus técnicas y tratamientos, se han ido y se siguen modelando y perfeccionando porque el arte de la estratagema, que es tan viejo e intercultural como la vida,  es continuamente recuperado y puesto al servicio de lo terapéutico, lo educacional, lo social, en definitiva, al servicio de la resolución de problemas humanos.

II) ¿Quién necesita a lxs terapeutas o/y asesorxs y cómo  y con qué criterios buscarlxs?  ¿Qué requisitos básicos hay que tener en cuenta en el  caso de una mediación en un conflicto?

Josep Alfons: Tras la brillante, por clara, exposición de Yolanda sobre el marco teórico con el que trabajamos, tal vez lo lógico sería que ahora ya pasáramos, de inmediato, a las técnicas que utilizamos. Pero antes voy a intentar enunciar algunos elementos para que podamos también charlar de qué respuestas pueden encontrar las preguntas que encabezan este segundo apartado del taller,  preguntas que son previas a lo técnico.

La cuestión más inmediata que se plantea cuando un grupo social (ya sea familiar, de iguales, de afinidad, comunitario…) arrastra un problema, suele ser el plantearse la necesidad de buscar un/a profesional de lo terapéutico o/y el asesoramiento para que ayude  a resolverlo -aclaro que me refiero a un tipo de problema que afecte a las relaciones sociales en el grupo o con otros grupos y a las de individuos consigo mismos, produciendo sufrimiento, persistiendo en el tiempo y mostrándose resistente ante las medidas de solución que el grupo y los individuos generan por si mismos-.

Parece, en efecto, razonable en tales situaciones plantearse buscar asesoramiento profesional, puesto que una ayuda exterior puede ser necesaria, y efectiva, por el hecho de ser una mirada experta y desde fuera, es decir, menos contaminada, por decirlo de algún modo, por el problema. Sin embargo, la cosa no suele ser sencilla y entre otras dificultades que pueden aparecer a este respecto señalaré dos.

A) La primera sería: lxs  terapeutas  o/y el asesoramiento, ¿para quién? ¿Para la persona que  muestra con formas más claras que sufre?  ¿Para la persona que, por ejemplo, rompe las reglas de convivencia o para los que la soportan? ¿Para todo el grupo o sólo para algunxs de sus componentes, por ejemplo, sólo, o sobretodo, para lxs que tienen más reconocimiento y mayor influencia o, al contrario, para lxs más débiles para darles soporte?

Mi respuesta es que en un inicio el especialista externo lo precisa aquel o aquella, o aquellos y aquellas, que sienten la necesidad de ayuda profesionalizada para resolver una situación que no desean, y no es bueno presionar a quien no siente tal necesidad pues, en general, no le serviría de mucho.

Es decir, quien no siente tal necesidad si, por presión, acude a un  terapeuta o/y a un asesor, difícilmente, aunque no sea imposible, aprovechará óptimamente el espacio.

Pondré  dos  ejemplos sobre esta cuestión que he vivido trabajando como educador social:

-En un grupo de iguales uno de sus componentes, muy estimado por el resto y al que se le reconocía su calidad de buena persona y su inteligencia, desde hacía meses consumía alcohol en exceso, sobretodo los fines de semana que era cuando el grupo se reunía, creando situaciones muy desagradables, además de pedir dinero a lxs demás para costearse la bebida.

La situación era, en efecto, muy molesta para todxs y, dado que esta persona hacía años que seguía tratamiento médico con un diagnóstico grave, el grupo sentía que debía ser muy cuidadoso y delicado en la forma de ponerle límites, sin conseguirlo, y en algunas ocasiones, muy en tensión, utilizando su propia forma de decirlo “explotaban”.

Las soluciones que habían intentado tenían un elemento común: intentar conseguir que la persona en cuestión hablara con un especialista.

Así se habían puesto manos a la obra para convencer a su amigo de que debía hablar con su médico de referencia no sólo de su enfermedad sino de sus recientes problemas con el alcohol o buscar para este asunto a otrx terapeuta y también decidieron  comunicárselo a su familia. Todo ello con la sana preocupación que les producía la sensación de peligro para la salud de su amigo por lo que estaba haciendo. Y en los momentos de alta tensión, cuando “explotaban” como ellxs mismos decían, amenazaban a la persona con aislarla del grupo.

Nada de esto había surtido ningún efecto de solución del problema y, en las situaciones de explosión nerviosa de los componentes del grupo, la persona en cuestión respondía con amenazas de hacerse daño si se cumplían  las también  amenazas de dejarlo solo.

Así que, a mi parecer, de forma muy correcta, las personas que desearon ayuda externa profesionalizada, una pareja del grupo, decidieron finalmente consultar ellas sí a un asesor, a mí en este caso.

Por mi parte les propuse una estrategia y unas formas de hacer diferentes hasta las entonces utilizadas por el grupo para abordar el problema de cómo ayudar a su amigo, pero lo que trabajé con la pareja esencialmente, pues dejaron explícito que era eso lo que más les preocupaba, fue la posibilidad de que nuevas estrategias tampoco dieran resultado y cómo asumir entonces su deseo de dejar de ver a la persona en cuestión si no cambiaba de actitud, a pesar de la existencia de alguna probabilidad de que se hiciera daño a si misma.

No les propuse, pues, cómo convencer a la persona para que hablara con su médico u otro terapeuta de su relación con el alcohol, ni  para hablar conmigo aunque obviamente estaba dispuesto a atenderlo si lo deseaba.

Se podría pensar que para él no parecía ser un problema su conducta, o que  no estaba en condiciones de abordarlo, como se prefiera. Pero no se trataba de eso, sino de respetar la voluntad de dicha persona con respecto al tema, puesto que había dejado claro que no hablaría de éste ni con su médico ni con ningún otro terapeuta aunque el grupo amenazara con aislarlo, y es preciso respetar en esta cuestión la voluntad de las personas, no sólo porque es funcional como veremos, sino por ética.

Opté por trabajar con quien quería un asesor y por no intentar hacerlo con quien no lo deseaba.

La estrategia elaborada, con la pareja que acudió a consulta, para seguir intentando ayudar a su amigo fue probar producir que éste empatizara; es decir, comprendiera no sólo racionalmente sino, a su vez, emocionalmente, lo desagradable que para el grupo significaba su espiral con el alcohol y, para bloquear las soluciones intentadas que eran ya parte del problema, les planteé dejar del todo de apelar a que su amigo se hacía daño a sí mismo, así como dejar de proponerle que hablara con un especialista sobre su relación con el alcohol. Y una de las cosas para hacer que les propuse: emborracharse, muy moderadamente, en una ocasión todo el grupo antes de que tuviera tiempo de hacerlo esa persona y explicarle después “que lo habían hecho para, ejerciendo ellos también el “derecho” a ser soportados por el otro, poder sentir lo que se experimentaba con ello”, pero la mayor parte del tiempo la dedicamos a hablar, en las dos únicas sesiones en las que nos vimos, de sus miedos y sentimientos de culpa ante su deseo de alejarse si la persona a la que estimaban continuaba su espiral.

Con ello pareció ser suficiente, por otro lado, por lo que supe la persona que preocupaba al grupo con su conducta,  persona que era, en efecto, inteligente, mejoró, pero ignoro si fue sólo momentáneamente o de forma duradera, mas como ya he dicho, yo no  me había centrado en ello sino en el problema que plantearon las personas que deseaban un espacio de asesoramiento: cómo asumir emocionalmente un alejamiento si persistía el problema. El resultado fue que pudiendo, tan sólo, hablar de ello con un profesional externo al problema, estuvieron también, entonces, en mejores condiciones de seguir intentando ayudar a la persona que les preocupaba con formas más efectivas de las hasta entonces practicadas.

En alguna de las ocasiones en que he ejercido mal mi profesión, ha sido en varias de ellas por no tener en cuenta esta cuestión de que el asesor o/y el terapeuta es para quien lo desea y nunca debe ser una imposición. Y os expongo en relación a ello el segundo  ejemplo:

-Un grupo con afinidades socioculturales comunes había experimentado actitudes que consideraban problemáticas y fuera de tono por parte de una de sus componentes. Me explicaron  que habían conseguido, insistiéndole mucho, que dicha persona se entrevistara conmigo para que la convenciera de que siguiera tratamiento. La mujer, que vivía a considerable distancia, vino a verme y en efecto, después de esa única entrevista, inició una terapia con un terapeuta de su localidad, pero, al parecer, sólo fue a una sesión.

No tenía que haber aceptado por mi parte la demanda del grupo de convencer a esa persona de que iniciara un tratamiento y, en cambio, tenía que haber hablado con lxs componentes del grupo que la hacían, si éstxs lo deseaban, sobre, por ejemplo, la ansiedad que les generaba la situación de la persona que les preocupaba, esto habría  resultado mejor y también hubiera revertido mas positivamente, con casi absoluta seguridad, sobre la mujer que el grupo consideraba tenía serios problemas.

Y entro ahora a comentar  la segunda dificultad que suele aparecer en un grupo social cuando sufre un problema persistente de tipo relacional:

B) ¿Cómo buscar a lxs  profesionales?

Ante esta cuestión os remito al “Decálogo a tener en cuenta si se precisa ayuda y se decide buscarla en un/a profesional de la psicoterapia o el asesoramiento”, del que os hemos distribuido ejemplares al iniciar este taller (ver anexo). En esencia lo que ahí se plantea es lo ya comentado: Que las relaciones terapéuticas, de asesoramiento educativo, de ayuda social, de mediación, para ser efectivas tienen como condición necesaria, aunque no suficiente, que ser libremente aceptadas y no pueden ser relaciones de poder. Y se añade que existe el derecho a elegir que sean así, cual pequeña guía de cómo poder ejercer tal derecho en relación a la llamada red de salud mental.

Quiero también, muy brevemente, antes de que entremos en algunas  de las técnicas que utilizamos en nuestro trabajo, hacer un último comentario en este apartado sobre lo profesional en la resolución de problemas. Al respecto de la mediación y concretamente sobre lxs mediadorxs, a veces necesarixs en un conflicto en un grupo, mi experiencia me dice que hay que tener en cuenta cuatro requisitos:

1) Deben ser figuras de autoridad reconocida por todas las partes y aceptadas como tales.

2) Con capacidad de escucha.

3) Con  la potencia  de  poder ver la “botella medio llena”- no “medio vacía”-, en las dos partes, es decir, lxs mediadorxs deben ser optimistas bien informadxs.

4) Con capacidad de construir acuerdos. De construirlos, no  simplemente de recogerlos.

III) Algunas técnicas para el cambio.

Yolanda y Josep Alfons:  Entrando ya en las técnicas empezaremos por explicar que el método que utilizamos para trabajar, propone que el asesor planee su actuación, y decida y haga explícito el tiempo que va a durar, para poder entonces acompañar a la persona en la resolución del problema que se ha definido y acotado previamente de forma conjunta.

Para llevar a cabo ese plan, en el que como ya se dijo es básico conocer las soluciones intentadas para bloquearlas pues son ya parte del problema, utilizamos una serie de técnicas surgidas de la experiencia humana en general y concretamente de las disciplinas de resolución de problemas y las vamos presentando, de diferentes maneras y con variaciones, en función de la situación de avance o no en la consecución del objetivo pactado y de la voluntad de la persona.

Como se verá son técnicas en apariencia nada complicadas, pero no es exactamente así ya que la elección del momento en qué aplicarlas y la forma de presentarlas lo son casi todo. Y sólo resultan efectivas con la condición de que se enmarquen en un plan sólido para el cambio, un plan que debe ir siendo revisado, mejorado, o cambiado del todo, en función, como ya dijimos, de si se avanza en la resolución del problema o no.

Algunas de las técnicas que utilizamos son:

– Las reestructuraciones:

Dependiendo de cómo percibamos nuestra vida actuaremos de una manera o de otra y esa actuación puede producir sufrimiento, así pues, si la persona consigue ver las cosas desde diferentes puntos de vista la dificultad para solucionar el problema o la resistencia al cambio puede disminuir.

Por ejemplo, poder reconocer que una dificultad, aun siéndolo, tiene una parte positiva ayudará a solucionarla. Al contrario, pensar que una situación de sufrimiento no tiene ningún aspecto donde poderse apoyar para crecer, estrechando las propias miras, dificultará su resolución.

– Preguntarse si no será peor solucionar el problema:

Ésta es en muchas ocasiones una pregunta clave, ningún problema, síntoma, malestar, etc, está exento de beneficios secundarios. Por decirlo de algún modo, las personas nos acostumbramos a vivir con malestares que no sabemos hacer desaparecer e intentamos, entonces, extraerle beneficios posibles: Por ejemplo, dejar de ser considerado enfermo puede significar pasar a perder el papel del que debe ser cuidado. Por otro lado, la desaparición de un problema, es decir, el cambio, puede producir efectos que no conocemos, en nosotros y en nuestro entorno y, además, el miedo a la libertad existe.

Plantearle a una persona que se pregunte si no será peor solucionar el problema que lo trae a consulta y que prevea, e incluso liste,  lo que puede perder y cómo podría reaccionar negativamente su entorno si el problema desaparece, ayuda a que la resistencia al cambio pueda ser vista con más claridad y con ello disminuya el miedo a lo nuevo.

– La escala del 0 al 10:

Una de las situaciones donde las personas, a veces, nos estancamos, es a la hora de fijarnos metas, y algunas metas pueden llevarnos a la desesperación y al inmovilismo. Cuando nos planteamos metas muy difíciles de conseguir o hasta imposibles, podemos quedar bloqueadxs y no buscar alternativas más concretas, lo que provoca estancamiento y sensación de impotencia. A este tipo de situación algunxs autorxs le han llamado síndrome de utopía. Situándose en  lo imposible se imposibilita conseguir lo posible que, además, podría ayudar a que más adelante se lograra hacer posible lo que hoy no  lo es.

Cuando un problema es irresoluble deja de ser un problema para pasar a ser lo que se llama el facto y hay que tomar una decisión, continuar estancadxs o buscar alternativas que podamos conseguir.

Poder fragmentar una meta en pequeños objetivos ya asequibles, posibilita un cambio de forma de ver las cosas que provoca en la  persona confianza en sí misma y una mayor probabilidad de alcanzar más adelante lo que hoy no es posible, y, en el peor de los casos, si no es posible la meta final, sí, al menos,  una parte de ella.

Con la escala del 0 al 10, cual un termómetro, intentamos que la persona se sitúe en su camino hacia el cambio y evalúe sus progresos y cómo los ha conseguido: Le pedimos a la persona que nos diga en qué momento se encuentra ella: el 0 seria el reconocimiento de que no ha habido ningún cambio, está igual que antes de venir a vernos y el 10 seria que ya ha conseguido superar el problema completamente. Cuando ya se ha situado entre ese intervalo le proponemos que piense qué debería suceder en su vida para que subiera medio punto en la escala, no un punto, ni dos o tres, sino sólo medio punto. Inducimos, pues, a marcarse objetivos concretos y más fáciles de conseguir que permiten a la persona evaluar qué cosas le están hiendo bien y cuáles no.

-Tareas:

Además de cesar en las soluciones intentadas, reestructuraciones, plantearse si nos será peor solucionar el problema y la escala, proponemos a las personas una serie de cosas para hacer que tienen como objetivo que vivan momentos de su vida cotidiana de otra forma diferente a la que este condicionando el problema. Provocando normalmente un bloqueo del síntoma, aunque sea al principio por momentos relativamente cortos, intentamos producir “espejismo” en la vida cotidiana para que la persona se cuestione su forma de actuar y experimente; al principio sólo durante momentos cortos, pero en los hechos y con la previsión de que dejen de ser sólo breves espacios de tiempo para convertirse en duraderos; otra manera de hacer y percibir las cosas. Las tareas, unas u otras, o en un orden u otro de prescripción, las planteamos dependiendo del problema a resolver y siempre teniendo en cuenta como es la persona que tenemos delante, es decir, intentamos ponernos en su lugar para poder saber de qué manera le puede ser más fácil realizarlas. Algunas de ellas son las siguientes:

– Prescripción del síntoma:

Proponemos que durante un pequeño periodo de tiempo claramente estipulado, y planificado el dónde y cuándo, la persona se provoque de forma voluntaria aquel síntoma que le hace la vida difícil y compruebe que en esos momentos el síntoma no aparece o aparece mitigado: cuando hay un fantasma en tu vida, si lo tocas éste desaparece.

En otros casos, cuando las preocupaciones invaden e impiden llevar una existencia plena, proponemos una cita con los problemas, por ejemplo, ideas recurrentes o voces invasoras. Para que, por una parte, la persona sea quien tome las riendas de su vida otra vez (en nuestros ejemplos será la persona la que decidirá cuando piensa sobre las ideas obsesivas o escucha y dialoga con las voces lo que es diferente a que sean siempre tales ideas obsesivas o voces las que “decidan” ellas cuando aparecer) y ello permite también que se  consagren momentos, necesarios pero acotados en el tiempo y con método, a la solución de los problemas que invaden.

La sensación de control, con esta forma de estructurar el contacto con el problema, crece y es que un síntoma se define exactamente por su irrupción involuntaria y descontrolada.

– El pacto del silencio:

En ocasiones hay preocupaciones que constantemente están en nuestras conversaciones con los demás, siempre acabamos hablando de lo mismo hasta que toda nuestra vida gira alrededor del problema. En esos casos proponer que la persona no hable sobre ese tema con nadie, sólo con nosotrxs, provoca un relajamiento de las relaciones con lxs demás y la aparición de otras conversaciones, que, incluso,  pueden aportar indirectamente soluciones al problema. Es decir, de nuevo proponemos a la persona que intencionadamente experimente la vida de otra forma y luego reflexione.

– Momentos de distracción o cambio del foco de atención:

Consiste en proponer a la persona que utilice una libreta para apuntar alguna cosa en el momento en el que piensa que va a aparecer el síntoma, sobretodo en los casos de crisis de ansiedad, o bien que busque distracciones como cambiar mentalmente el color de los objetos, etc., porque de esa manera deja de prestar atención a su síntoma y éste suele desaparecer. En este caso volvemos a  proporcionar a la persona control sobre algo que ella veía como incontrolable e intentamos conseguir que el síntoma disminuya en su intensidad y aparición para poder encarar en  mejores condiciones  el ciclo de causas-efectos-causas… (causalidad circular) que produce tal síntoma.

– Púlpito:

Consiste en invitar a todxs aquellxs que viven con la persona que nos consulta o están implicadxs en el problema, a que, periódicamente, durante media hora se sienten todxs lxs participantes delante de la persona y no digan nada, sólo escuchen lo que aquella persona les tiene que decir. En momentos donde las diferentes partes de una discusión ya no se escuchan sino que sólo se intentan convencer mutuamente, es importante dejar que el otro exprese su opinión sin que haya una respuesta, que se pueda desahogar y se sienta escuchado. Esta tarea la acompañamos, a veces, de la prohibición a la persona de hablar del problema el resto de los días para hacerlo sólo en el “púlpito”.

– Cómo empeorar intencionadamente (¿qué harías para empeorar el problema?):

El ser humano tiene una capacidad creativa sin limites y, a veces,  la aplica a la propia autodestrucción, pero en la mayoría de ocasiones sin conciencia de lo que hace. Plantearle a alguien que piense como empeorar su problema es poner veto al impulso de hacerse daño. Hacer una lista de las cosas que pueden hacerse para empeorar un problema puede servir, a veces,  como una tabla de balizas de señalización de lo que no hay que hacer.

Para acabar ya con esta introducción al taller y pasar a las preguntas y comentarios que deseéis hacer, y a la presentación de problemas, reales o imaginarios que queráis que entre todxs abordemos,  queremos dejar claro que ningún modelo y método, y ninguna técnica, es una panacea: su efectividad depende mucho de cómo se utilice y presente y el modelo que os estamos explicando exige que quienes lo aplican tengan creatividad y cuanta más formación en general, y más concretamente de vida, mejor –por ejemplo el arte de ayudar a las reestructuraciones no es fácil.

Lo que hemos hecho es explicar, para socializar experiencias y  conocimientos, sobre qué bases teóricas nosotrxs trabajamos y cuáles son nuestros métodos y técnicas y no pretendemos que ésta sea la única, ni la mejor, forma de hacer en el campo del asesoramiento, lo terapéutico y lo social. Se trata, eso sí, de un método probado como efectivo, que cuanto menos no daña y que puede y debe ir mejorándose con la experiencia y con la crítica.

Madrid. Invierno de 2007.

Anexo:

Decálogo a tener en cuenta si se precisa ayuda y se decide buscarla en un/a profesional de la psicoterapia o el asesoramiento:

1) En primer lugar haz la petición a tu médicx de cabecera de la seguridad social aclarándole lo que deseas. Es decir, no aceptes como respuesta la receta de un psicofármaco y el “vuelva usted mañana”, ni la derivación a un/a neuropsiquiatra si no se trata de un problema físico y tú lo que crees necesitar es un espacio basado en la expresión de tus problemas y su elaboración (ya sea mediante la palabra u otras técnicas como las englobadas en lo artístico, las bioenergéticas…).

Deja, pues, claro, que estás buscando una relación psicoterapéutica o de asesoramiento sobre problemas, basada en la expresión y la elaboración de lo que te preocupa y hace sufrir, y que lo que quieres es que tu médicx te envié a un/a profesional que trabaje fundamentalmente con ese método, ya sea un/a psicólogx, un/a psiquiatra, un/a asesor/a…, pero con ese método.

Si no te hacen caso -ojalá que si y no es imposible, aunque, hoy por hoy, es más que difícil- o te interpretan mal y te remiten a un/a profesional que sólo te medica y te ve cada mes o con un lapso de tiempo aun más largo, o te ponen en una lista de espera interminable: ¡no desgastes tus energías enfadándote o crispándote! Pero, si te ves con fuerzas para ello -y valora antes y con mucha calma si crees tener tales fuerzas- entonces protesta, aunque sólo sea con una queja escrita, por el hecho de que la seguridad social no ofrezca espacios de psicoterapia y asesoramiento individualizados y en grupo.

Valdría la pena que mucha gente hiciera tales quejas, por más breves que fueran, pero si no te ves con fuerzas no lo hagas y no te preocupes y, en todo caso, si lo haces no le dediques mucho tiempo. No pierdas energías y sigue tu camino, pues recuerda que lo importante es intentar solucionar tu problema y encontrar apoyo profesional efectivo para ello.

2) Si finalmente te ves obligadx a buscar un/a profesional cuya actividad es privada, la mejor forma es que sea a partir de alguien de confianza que te lx recomiende porque ha estado en relación psicoterapéutica o de asesoramiento con el o ella y le ha ido bien. Pero pregúntale a ese alguien de confianza qué métodos utiliza el o la profesional, cómo eran las sesiones, con qué regularidad, cuánto le cobraba…, y todo aquello que te ayude para hacerte una idea lo más clara posible. Porque ciertamente y aunque a esa persona de tu confianza le haya ido bien y se trate, efectivamente, de un/a buen/a profesional, eso no significa automáticamente que a ti te vaya ir bien, todxs somos diferentes y conectamos mejor o peor con ciertos métodos y personas.

Si no conoces a nadie de confianza que te pueda facilitar esas informaciones tendrás que arriesgarte a buscar solx. Entonces ten en cuenta que la primera entrevista, que es siempre muy importante, puede ser decisiva para continuar o no con esx profesional.

3) En efecto, la primera entrevista, en el marco de una relación psicoterapéutica o de asesoramiento, ya sea en la red pública o en lo privado, es muy importante, y el o la profesional, si es hábil, lo sabe. Es bueno que tú también lo sepas.

Vas a tener que explicar, lo más clara y concretamente que puedas, cuál es tu problema, prepárate para hacerlo antes de la entrevista, pero no te preocupes demasiado pues, si el o la profesional es capaz, te va a ayudar a construir la demanda, es decir, la construiréis juntxs.

Pero ten muy en cuenta que el objetivo de la relación psicoterapéutica o de asesoramiento lo debes marcar tú, nunca el o la profesional. Lo que tú esperas solucionar, es decir, lo que quieres del espacio que abriréis, es el objetivo.

Si planteas objetivos inalcanzables en el marco de una psicoterapia o asesoramiento, por ejemplo: “mi objetivo es ser feliz”, el o la profesional, si es duchx, te lo señalará de algún modo, pero, aún corrigiéndolo o matizándolo conjuntamente con el o la profesional, siempre el objetivo lo debes marcar tú.

El o la asesor/a o psicoterapeuta, si es éticx, te dirá si ve posible ayudarte o no, en el último caso, si es un/a buen/a profesional y por lo que fuere no se ve capaz de ayudarte, te remitirá a otrx profesional.

4) En la primera entrevista, sea en la red pública o en lo privado, además de explicar tu problema y que se explicite tu objetivo, es aconsejable preguntar al o la profesional todo aquello que, sobre la relación de ayuda que vais a iniciar, te preocupa o sientes curiosidad por saber. Hazlo sin complejos, el o la profesional, si lo es, te lo agradecerá, pues, entre otras cosas, así no sólo tú lo o la conoces, siempre en tanto que profesional, que es lo que te interesa, sino que el o ella también te empieza a conocer a ti.

5) Sea en la red pública o en lo privado, siempre es bueno preguntar, además de todo lo que creas conveniente, las siguientes seis cuestiones al o la profesional al que has acudido:

-¿Qué modelo, es decir, qué métodos, utiliza?

No te conformes con una generalidad, del tipo: “soy psicoanalísta” o “utilizo el modelo de terapia breve sistémica” o “ya lo irá usted viendo”… Tiene que explicarte con claridad, con palabras que entiendas, en esencia en qué consiste el modelo con el que trabaja, cuáles son sus métodos. Aquello que no se puede explicar llanamente es que no se domina.

-¿Qué formación y sobretodo qué experiencia tiene?

-¿Trabaja en equipo y supervisa con otrxs profesionales sus casos?

El o la psicoterapeuta o asesor/a que trabaja sin supervisar su actividad no es de fiar.

-¿Cuánto tiempo, más o menos, durará cada sesión? y ¿cuánto tiempo, más o menos, cree que vais a necesitar- una vez le hayas explicado tu problema y tu objetivo- para llevar a término el tratamiento?

No deben satisfacerte respuestas del tipo: “ya se verá” y menos del carácter: “dependerá de lo que usted se esfuerce”. Un/a buen profesional debe tener capacidad de pronóstico, una vez se ha construido la demanda, en cuanto al tiempo necesario de duración de un tratamiento, vaya a ser este breve, largo o incluso muy largo. Obviamente no se le puede exigir una precisión matemática, pero si una aproximación, y tampoco es exigible que sea fijado el plazo en las primeras sesiones pero sí en algún momento de la relación de ayuda. Las relaciones psicoterapéuticas o de asesoramiento sin límite de duración tienden a ser inefectivas y suelen acrecentar la relación de dependencia que de por sí tales espacios pueden generar.

-¿Tiene claro el secreto profesional sobre lo que le vas a contar?

-Y, en el caso de que se trate de un/a profesional privadx, obviamente hay que preguntarle: ¿cuáles son sus honorarios y con cuánto tiempo de antelación debes avisarle para aplazar una sesión sin que te la cobre?

Insistimos en que, si es un/a buen/a profesional, lejos de molestarle agradecerá estas seis preguntas, y todas aquellas que, sobre la relación de ayuda que vais a construir, le hagas en la primera entrevista, puesto que le permite, además de conoceros, clarificar la relación o, si se prefiere llamar así: explicitar el contrato psicoterapéutico o de asesoramiento. De hecho, si es un/a buen/a profesional, es muy probable que te explique, a su modo, todas esas cuestiones sin que se las plantees, si no lo hace tú no dejes de preguntárselas.

6) Es muy recomendable que cada seis o siete sesiones le plantees al o la profesional, ya sea en la red pública o en lo privado, que deseas revisar como está marchando el espacio, es decir: ¿Hasta donde estás avanzando con respecto al problema que te llevó a psicoterapia o asesoramiento?, y que valoréis juntxs si han surgido problemas nuevos que abordar. Esto hace más difícil la aparición de lo que se puede llamar “efecto deriva”, es decir, pérdida del objetivo.

7) En el transcurso del desarrollo de la relación de ayuda es muy probable que haya momentos en que lo pases mal, es normal y lo sabes. Ese no es el termómetro para saber si avanzas, la medida te la dará el que tu problema vaya solucionándose y tu objetivo aproximándose. Pero puede también ocurrir que percibas que no avanzas, o incluso que retrocedes. Es lícito que te plantees si ello es debido a que la ayuda del o la profesional no es efectiva o si proviene de que es lógico en tu proceso. Debes plantearle al o la psicoterapeuta o asesor/a tus dudas al respecto sin ambages, ya sea en la red pública o en lo privado.

Si es un buen/a psicoterapeuta o asesor/a, y si efectivamente no avanzas o retrocedes porque el espacio ya no te sirve, lo convendrá contigo: Todxs lxs profesionales que lo son realmente, saben que eso puede ocurrir por más preparados y hábiles que ellxs sean y que en ese momento hay que finalizar la relación de ayuda y derivar a otrx profesional si la persona atendida lo desea o simplemente dejar abierto el espacio para otro momento futuro.

Y si, sin embargo, tu no avanzar o incluso retroceder, es parte del proceso (por aquello de conectar con el problema de pleno, por ejemplo, o por otras razones), el o la profesional te lo señalará y te dará una explicación, desangustiándote en la medida de lo posible, y planteará qué medidas considera son necesarias adoptar y marcará qué plazo de tiempo aproximado el o ella cree que puede durar tu no avanzar o incluso retroceder.

8) No olvides nunca, ya sea en la red pública o en lo privado, que tú no estás buscando un/a amigx, sino a un/a profesional. Las relaciones psicoterapéuticas o de asesoramiento son susceptibles, como ya dijimos, de crear dependencia, eso puede y debe trabajarse y siempre hay que tenerlo en cuenta. Debes saber que la ventaja de un/a profesional es su experiencia y el que ella o él están “fuera del bosque”, pero la solución a tu problema, la consecución de tu objetivo, va a ser obra tuya. El o la psicoterapeuta o asesor/a, con su escucha y su mirada desde fuera, sólo te ayuda, y, en todo caso, te guía, pero hacía el objetivo que tú deseas, jamás hacia objetivos suyos. Esto es bastante, pero tú eres quien, para bien o para mal, decides y haces.

El o la profesional, si lo es, sabe todo esto y hace muy bien en situarse en que está ahí, en el espacio de relación de ayuda, ejerciendo su profesión de la que quiere vivir. Para y por esas dos razones: ejercer su profesión y vivir de ella, y por y para nada más. Y, si es un buen/a psicoterapeuta o asesor/a, intenta no olvidarlo nunca.

9) Cuando termines la relación de ayuda y sea porque tu problema se solucionó (porque lo superaste o porque aun persistiendo tienes la capacidad de verlo y afrontarlo de un modo nuevo que ya no te produce sufrimiento o que lo reduce significativamente), también te habrás conocido más a ti mismx y habrás aprendido un método que ahora podrás aplicarte, en ciertas nuevas situaciones, solx. El o la psicoterapeuta o asesor/a hábil, sabe que en cada caso socializa sus conocimientos de expertx y busca conscientemente hacerlo con el objetivo de ser cada vez menos preciso para la persona a la que atiende.

El final positivo de una relación psicoterapéutica o de asesoramiento no implica que nunca más vayas a tener problemas, recuerda que “la vida es crónica” y los problemas forman parte de ella y del crecimiento continuo, y no significa que no vayas a desear y precisar nunca más un espacio de ayuda, lo importante, si las cosas fueron bien, es que los problemas sean nuevos o/y en un plano diferente- vale decir, superior en tu crecimiento como ser humano/a-, es decir, lo importante es que no caigas en la repetición y su más de lo mismo.

10) Las reflexiones de este decálogo, que esperamos te sean útiles, sirven, en nuestra opinión, para cualquier modelo que elijas de psicoterapia o asesoramiento sobre problemas, ya sea en la red pública o en lo privado. No hay ninguna razón que se pueda aducir desde las existentes teorías psicoterapéuticas o de resolución de problemas humanos, para que un/a profesional no tenga en cuenta las reflexiones que aquí se recogen, o para que no conteste a las preguntas que se plantea que hay que hacerle. No tener todo esto en cuenta y la no respuesta, sólo puede provenir de razones personales, no profesionales, y de estar trabajando con modelos del tipo “discursear sobre el discurso del otro”, “del buen/a samaritanx” o de “gurú” y similares, y, por tanto, no se trataría de modelos psicoterapéuticos o de asesoramiento sobre problemas.

ANTIPSIQUIATRÍA Y CONTRAPSICOLOGÍA

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